A las siete de la noche, en muchos hogares dominicanos, la escena ya no ocurre frente al televisor. Ocurre en silencio, cada quien con una pantalla en la mano. Un adolescente cena con audífonos. Una niña desliza videos antes de dormir. Un padre pregunta por las tareas y recibe una respuesta corta, casi automática, mientras el teléfono vibra otra vez sobre la mesa.
La crianza cambió de lugar.
La propuesta de Canadá para impedir que menores de 16 años tengan cuentas en redes sociales vuelve a colocar una pregunta incómoda en el centro de la vida familiar: ¿hasta dónde deben llegar los padres y desde dónde debe intervenir el Estado cuando las plataformas digitales se convierten en parte de la infancia? El proyecto canadiense, conocido como Bill C-34, Safe Social Media Act, plantea una edad mínima de 16 años para cuentas en redes sociales, aunque permitiría excepciones si una plataforma demuestra salvaguardas suficientes para proteger a niños y adolescentes.
No es una discusión pequeña.
Canadá no está solo. Australia ya avanzó con restricciones para menores de 16 años y varios países europeos exploran caminos parecidos. La preocupación no se limita al tiempo frente a pantalla; incluye acoso, exposición a contenido sexual, autolesiones, violencia, odio, imágenes íntimas no consentidas y el impacto de algoritmos diseñados para capturar atención durante horas.
El teléfono dejó de ser un aparato.
En la vida diaria de muchas familias se convirtió en espacio social, escuela informal, refugio emocional, fuente de comparación, entretenimiento, presión estética y, a veces, campo de batalla. La pregunta que antes parecía exagerada hoy se escucha en conversaciones de padres, maestros y psicólogos: ¿quién está influyendo más en los adolescentes, la casa o la plataforma?
La Organización Mundial de la Salud para Europa reportó que el uso problemático de redes sociales entre adolescentes aumentó de 7% en 2018 a 11% en 2022. El mismo informe señaló que 12% de los adolescentes está en riesgo de uso problemático de videojuegos, una señal de alerta sobre hábitos digitales que ya no pueden tratarse como simples preferencias juveniles.
En República Dominicana, el debate toca una fibra distinta. Aquí muchos padres no enfrentan solamente el exceso de pantalla; enfrentan también jornadas laborales largas, transporte pesado, hogares donde falta supervisión adulta durante parte del día y una cultura digital que llegó más rápido que las herramientas para manejarla. UNICEF República Dominicana documentó, a través del informe Kids Online República Dominicana, las prácticas digitales de niños, niñas y adolescentes en el país, una base útil para entender que la infancia dominicana ya está plenamente conectada.
La preocupación no es solo moral.
UNICEF RD advirtió recientemente que 6 de cada 10 adolescentes en República Dominicana se sienten inseguros en línea, un dato que cambia el tono de la conversación. Ya no se trata únicamente de si TikTok distrae o si Instagram roba tiempo de estudio. Se trata de seguridad, exposición, vulnerabilidad emocional y capacidad real de las familias para proteger a sus hijos en un espacio que muchas veces no entienden por completo.

La propuesta canadiense también plantea un dilema difícil: prohibir puede proteger, pero también puede empujar a los adolescentes hacia cuentas falsas, navegación oculta o plataformas menos visibles para los adultos. Los críticos de este tipo de medidas advierten que una edad mínima no resuelve por sí sola el problema de diseño de las plataformas, la falta de educación digital ni la debilidad de los sistemas de verificación de edad.
Ahí está el nudo.
Una prohibición puede dar alivio político y familiar, pero la crianza digital no cabe completa dentro de una ley. Los adolescentes no viven separados del mundo digital; estudian, conversan, se informan, se comparan, juegan, aprenden y también se hieren dentro de ese ecosistema. Sacarlos de una plataforma puede reducir ciertos riesgos, pero no elimina la ansiedad, la soledad, el bullying, la presión social ni la necesidad de pertenecer.
Para muchas familias dominicanas, el problema aparece en escenas más simples. El niño que no suelta el celular para comer. La adolescente que duerme poco porque se queda conectada. El estudiante que no logra concentrarse. La madre que revisa un teléfono y descubre conversaciones que no sabe cómo manejar. El padre que intenta poner límites, pero llega cansado, tarde, sin fuerzas para otra discusión.
No es falta de amor.
Es una crianza agotada.
El debate canadiense debería servir menos como modelo automático y más como espejo. República Dominicana necesita discutir edad mínima, sí, pero también educación digital en las escuelas, acompañamiento a padres, protocolos contra acoso en línea, protección de datos de menores y responsabilidad real de las plataformas. La solución no puede recaer solamente sobre madres y padres que ya cargan con el costo de la comida, el transporte, las tareas, la seguridad y la salud emocional de sus hijos.
Las plataformas conocen a los adolescentes con una precisión que muchas familias no pueden igualar. Saben qué los retiene, qué les provoca miedo, qué les causa deseo, qué los compara con otros y qué los hace volver. Ese poder, cuando opera sin límites claros, transforma la infancia en mercado.
Y la casa queda corriendo detrás.
La pregunta de fondo no es si los menores de 16 años deben estar o no en redes sociales. La pregunta más dura es qué tipo de infancia se está construyendo cuando el descanso, la autoestima, la amistad y la atención dependen cada vez más de una aplicación. Canadá eligió llevar esa inquietud al terreno legal. Otros países observan. Las familias, mientras tanto, intentan cuadrar una crianza que ya no ocurre solamente en la sala, la escuela o el barrio.
También ocurre dentro del teléfono.





