Las buenas noticias suelen durar poco.

Apenas unas horas después de que la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) confirmara que República Dominicana redujo la prevalencia de la subalimentación por debajo del 2.5 %, comenzaron a multiplicarse los titulares que celebraban la salida del país del llamado "mapa del hambre". El anuncio fue presentado como uno de los avances sociales más importantes de los últimos años y, sin duda, lo es.


Pero el mismo informe que certifica ese logro deja otra cifra sobre la mesa. Mucho menos llamativa. Mucho más cercana a la vida cotidiana.

Alrededor de 1.9 millones de dominicanos todavía no podían costear una dieta saludable en 2025.

Lejos de ser una contradicción, ambas cifras describen dos dimensiones distintas de una misma realidad.


Durante décadas, la gran preocupación consistía en saber si había suficiente comida. Hoy la pregunta es otra: ¿es posible alimentarse bien sin que eso desequilibre el presupuesto del hogar?

La diferencia parece sutil.

No lo es.

Salir del mapa del hambre significa que la proporción de personas que no alcanza el consumo mínimo de energía para llevar una vida activa descendió por debajo del umbral que utiliza la FAO para medir la subalimentación crónica. Es un indicador que refleja un avance sostenido y que coloca al país en una posición favorable dentro de la región.


Pero ese indicador no mide la calidad de la alimentación.

Tampoco responde si una familia puede comprar frutas, vegetales, proteínas, lácteos y otros alimentos recomendados sin tener que renunciar a otras necesidades básicas.

Ahí comienza otra conversación.

Y probablemente sea la más importante.


El informe El estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo 2026 (SOFI) plantea precisamente ese cambio de enfoque. Mientras el hambre continúa disminuyendo en distintos países, millones de personas siguen sin poder acceder económicamente a una dieta equilibrada. No porque los alimentos hayan desaparecido de los mercados, sino porque el costo de comer saludablemente sigue creciendo más rápido que la capacidad de compra de muchos hogares.


República Dominicana no escapa a esa realidad.

La disponibilidad de alimentos ha mejorado. La producción agropecuaria ha aumentado y los programas de protección social han contribuido a reducir las formas más severas de inseguridad alimentaria. Sin embargo, producir más alimentos no garantiza, por sí solo, que todos puedan incorporarlos a su dieta diaria.

Entre una cosecha y la mesa familiar existe una cadena que rara vez ocupa titulares.

Transporte, almacenamiento, refrigeración, procesamiento, distribución y comercialización forman parte del precio que finalmente paga el consumidor. Cada eslabón añade costos que terminan reflejándose en el supermercado o en el colmado del barrio.

Por eso una mayor oferta no siempre se traduce en una alimentación más accesible.

La economía doméstica introduce sus propias reglas.


Las familias no organizan sus compras pensando en indicadores internacionales. Lo hacen con una calculadora mental que combina salario, alquiler, transporte, electricidad, medicamentos, educación y deudas. Solo después aparece el presupuesto destinado a la comida.

Y cuando ese margen se reduce, las decisiones también cambian.

No necesariamente desaparecen las comidas.

Lo que suele desaparecer es la variedad.

Se compra menos fruta porque dura menos. Se sustituyen algunos vegetales por alimentos que rinden más días. Las proteínas comienzan a repartirse durante la semana y determinados productos dejan de formar parte de la lista habitual.

Son ajustes silenciosos.

Casi nunca aparecen en las estadísticas.

Pero modifican la calidad de la alimentación mucho antes de que alguien pueda hablar de hambre.


Esa es la diferencia que el informe intenta poner en evidencia.

Una persona puede consumir suficientes calorías y, aun así, mantener una dieta pobre en nutrientes esenciales. Del mismo modo, una familia puede comer tres veces al día y seguir teniendo dificultades para acceder a una alimentación realmente saludable.

La discusión dejó de centrarse únicamente en la cantidad.

Ahora también importa la calidad.


Y, sobre todo, la capacidad económica para sostenerla en el tiempo.

Porque alimentarse bien no depende exclusivamente de saber qué alimentos son más saludables. Depende, en muchos casos, de poder pagarlos.


Ese cambio de perspectiva obliga a mirar el reconocimiento de la FAO con una visión más amplia. El país avanzó en uno de los desafíos más complejos de la política social contemporánea: reducir la subalimentación. Pero ese logro no elimina las tensiones que miles de hogares enfrentan cada vez que intentan cuadrar las cuentas a final de mes.

El hambre retrocede.

La presión sobre el presupuesto familiar, en cambio, sigue marcando qué tan saludable puede ser la alimentación de millones de personas.


Hay otro aspecto que el informe obliga a revisar y que rara vez ocupa espacio en la discusión pública.

Durante mucho tiempo se asumió que las dificultades para acceder a una alimentación de calidad eran un problema exclusivo de los hogares más pobres. Hoy esa frontera resulta mucho menos clara.

La presión sobre el costo de vida también alcanza a buena parte de la clase media.

No porque falte el ingreso para comprar alimentos, sino porque ese ingreso debe repartirse entre un número creciente de obligaciones. La renta o la hipoteca, el transporte, la factura eléctrica, la educación de los hijos, los medicamentos, las cuotas de préstamos y otros gastos fijos terminan reduciendo el margen disponible para llenar la despensa.

La alimentación compite con todo lo demás.

Y esa competencia casi siempre se resuelve dentro del mismo presupuesto.


En muchos hogares las decisiones no pasan por dejar de comer. Pasan por modificar la forma de comprar. Se cambia una marca por otra más económica. Se aprovechan las ofertas. Se reducen algunas porciones de carne durante la semana. Las frutas que antes se compraban por variedad ahora se eligen por precio. Los vegetales frescos aparecen con menos frecuencia porque duran menos que otros productos.

Ninguna de esas decisiones, por sí sola, parece trascendental.

Juntas describen una transformación silenciosa de la dieta familiar.


Es una realidad que no suele reflejarse cuando se habla únicamente de hambre, porque el problema dejó de limitarse a la disponibilidad de alimentos. Hoy también depende de la capacidad de cada hogar para sostener una alimentación equilibrada durante todo el año.

Ese matiz explica por qué los organismos internacionales comenzaron a incorporar nuevos indicadores relacionados con la calidad de la dieta y su asequibilidad económica. El objetivo ya no consiste únicamente en evitar que las personas pasen hambre, sino en crear condiciones para que puedan alimentarse de forma saludable sin que eso represente un sacrificio financiero permanente.

No es una meta menor.

Tampoco una tarea que pueda resolverse únicamente desde el sector agropecuario.


Aunque la producción nacional desempeña un papel determinante, el precio final de los alimentos también está condicionado por factores como el transporte, el almacenamiento, el procesamiento y la distribución. Cada etapa agrega costos que terminan asumiendo los consumidores. Esa es una de las razones por las que un país puede aumentar su producción agrícola y, aun así, mantener dificultades para que determinados alimentos lleguen a precios accesibles a todos los hogares.


La discusión, entonces, deja de concentrarse exclusivamente en cuánto produce un país.

Empieza a preguntarse cuánto cuesta alimentarse bien.

Y esa diferencia cambia por completo la conversación.


República Dominicana tiene motivos para valorar el reconocimiento recibido por la FAO. Reducir la subalimentación por debajo del umbral internacional no es un logro menor. Detrás de ese resultado hay políticas públicas, crecimiento económico, programas de protección social y una mayor disponibilidad de alimentos que, en conjunto, permitieron mejorar uno de los indicadores más importantes de seguridad alimentaria.


Ese avance merece ser reconocido.

Pero también entendido en su justa dimensión.

Porque salir del mapa del hambre no significa haber resuelto todos los desafíos relacionados con la alimentación. Significa, más bien, haber superado el más urgente de ellos.


El siguiente desafío es diferente.

Y probablemente más complejo.

No depende únicamente de garantizar que haya alimentos suficientes, sino de construir una economía donde alimentarse bien deje de ser una decisión condicionada por el presupuesto. Una economía en la que la calidad nutricional no sea el primer elemento que desaparece cuando las cuentas dejan de cuadrar a final de mes.


Ahí es donde el informe de la FAO deja de ser un documento técnico para convertirse en una invitación a mirar la realidad con mayor profundidad.

Las estadísticas muestran que el hambre retrocede.

La experiencia cotidiana recuerda que el bienestar alimentario todavía tiene otros desafíos pendientes.

Entre ambos datos no existe una contradicción.


Existe una oportunidad.

La de entender que el desarrollo no se mide únicamente por las metas alcanzadas, sino también por las que aparecen una vez se supera el primer obstáculo.

Porque una sociedad puede celebrar que cada vez menos personas padezcan hambre. Debe hacerlo.

Pero el verdadero éxito llegará cuando una alimentación saludable deje de depender del tamaño del salario, de la fecha en que cae la quincena o de los cálculos que miles de familias hacen frente a los estantes del supermercado.

Ese será el momento en que el avance estadístico se convierta, de verdad, en una mejora tangible para la vida cotidiana.