Hay escenas que se repiten con demasiada frecuencia en República Dominicana.


El agua comienza a subir en una cañada del Gran Santo Domingo, un puente queda intransitable, una familia mueve a toda prisa los muebles hacia un segundo nivel, las escuelas suspenden la docencia y los organismos de emergencia multiplican las alertas. En cuestión de horas, el país cambia de ritmo. Lo cotidiano queda en pausa y la prioridad pasa a ser proteger vidas.


Esa imagen forma parte de la memoria colectiva dominicana. También explica por qué hablar de gestión del riesgo ya no significa únicamente hablar de huracanes.


El cambio climático, la expansión urbana, la ocupación de zonas vulnerables y el crecimiento de las ciudades están modificando la naturaleza de los desastres. No siempre llueve más; a veces llueve con una intensidad que supera la capacidad de drenajes, carreteras y barrios enteros. Lo mismo ocurre con las sequías prolongadas, los incendios forestales o la amenaza sísmica que acompaña permanentemente a una isla ubicada en una región tectónicamente activa.

La diferencia, cada vez más, no estará en la fuerza de la naturaleza.

Estará en la capacidad del país para anticiparse.


Del auxilio a la anticipación


Durante décadas, la gestión de desastres se construyó alrededor de una lógica sencilla: responder cuando la emergencia ya había comenzado. Ambulancias, rescates, refugios temporales y reconstrucción posterior ocupaban el centro de la estrategia.


Ese modelo sigue siendo indispensable, pero dejó de ser suficiente.


Las Naciones Unidas han insistido durante los últimos años en que los sistemas de alerta temprana representan una de las herramientas más eficaces para reducir pérdidas humanas y económicas. La meta global impulsada por la ONU busca ampliar el acceso de toda la población a mecanismos que permitan conocer el riesgo, recibir información confiable y actuar antes de que el peligro se materialice.


Detrás de esa visión existe una idea sencilla: un desastre no comienza cuando llega el huracán. Empieza mucho antes, cuando una comunidad desconoce el riesgo, cuando una vivienda se levanta en un terreno inundable o cuando una alerta no logra llegar a quien más la necesita.


La tecnología ya cambió las reglas


Hace apenas unos años, el seguimiento de un fenómeno atmosférico dependía principalmente de radares meteorológicos y observaciones humanas. Hoy el panorama es distinto.

Satélites capaces de monitorear la evolución de tormentas casi en tiempo real, modelos climáticos alimentados por inteligencia artificial, drones para evaluar zonas de difícil acceso y plataformas digitales que integran grandes volúmenes de información permiten identificar amenazas con una precisión que parecía impensable hace dos décadas.


La inteligencia artificial, por ejemplo, no sustituye a los meteorólogos ni a los organismos de protección civil. Su mayor aporte consiste en procesar enormes cantidades de datos para detectar patrones, estimar escenarios probables y mejorar la velocidad con la que las autoridades toman decisiones.

Eso significa más tiempo para evacuar una comunidad, cerrar una vía vulnerable o proteger infraestructura crítica.

Y, sobre todo, más tiempo para que una familia pueda actuar antes de perderlo todo.


¿Dónde está República Dominicana?


Sería injusto afirmar que el país permanece inmóvil.

En los últimos años se han fortalecido iniciativas para modernizar los sistemas nacionales de alerta. El COE, junto con otras instituciones, ha impulsado el desarrollo del Sistema Nacional de Alerta Temprana Multiamenaza, que incorpora herramientas como un Atlas de Riesgo y Vulnerabilidad, registros georreferenciados y aplicaciones para emitir alertas más precisas a la población.


También el Instituto Dominicano de Meteorología (INDOMET) continúa ampliando la cooperación técnica para mejorar los pronósticos y fortalecer la capacidad de anticipación frente a eventos extremos. Recientemente firmó un acuerdo con el Programa Mundial de Alimentos orientado precisamente a reforzar los sistemas de alerta temprana y el intercambio de información meteorológica.


Son avances importantes.

Pero el desafío dominicano no termina cuando la tecnología está disponible.


La vulnerabilidad también se construye


No todos los riesgos provienen de la naturaleza.

Muchos nacen en la forma en que crecen las ciudades.

Urbanizaciones levantadas sobre antiguos humedales, viviendas próximas a cañadas, barrios donde el drenaje resulta insuficiente y una expansión urbana que durante años avanzó con más rapidez que la planificación convierten lluvias intensas en emergencias recurrentes.


Cada temporada ciclónica vuelve a mostrar ese mismo patrón.

No porque las autoridades desconozcan el problema, sino porque reducir la vulnerabilidad exige decisiones de largo plazo: ordenamiento territorial, infraestructura resiliente, mantenimiento de drenajes, cumplimiento de normas de construcción y educación ciudadana.

Ese tipo de inversiones rara vez genera titulares.

Pero suele marcar la diferencia cuando llega la siguiente tormenta.


La prevención empieza mucho antes del boletín del COE


Existe una percepción muy extendida entre la población: prepararse significa comprar agua, velas y alimentos cuando un ciclón aparece en el mapa.

La experiencia internacional demuestra que la prevención comienza mucho antes.

Empieza cuando una familia sabe si vive en una zona inundable, cuando conoce la ruta de evacuación más cercana, cuando identifica los refugios disponibles y cuando entiende cómo interpretar una alerta oficial.


Los sistemas de alerta funcionan únicamente si la población confía en ellos y sabe qué hacer cuando recibe un aviso.

De poco sirve la tecnología más sofisticada si el último eslabón —la reacción de las personas— falla.


Una inversión que casi nunca se ve


Hay obras que se inauguran con discursos y fotografías.

La prevención rara vez ofrece esa recompensa política.

Cuando un sistema de alerta funciona, cuando una evacuación evita víctimas o cuando una infraestructura resiste un evento extremo, lo que ocurre precisamente es que no sucede una tragedia. Ese éxito suele pasar inadvertido porque resulta imposible medir las vidas que no se perdieron o las viviendas que nunca llegaron a inundarse.


Sin embargo, organismos internacionales y bancos de desarrollo han insistido en que fortalecer la preparación reduce el impacto económico y social de los desastres, especialmente sobre las poblaciones más vulnerables. En esa dirección, el Banco Mundial ha respaldado reformas para ampliar la capacidad del país en materia de preparación, respuesta y recuperación frente a eventos extremos.


Mucho más que una política de emergencia


La conversación sobre desastres suele aparecer cuando el cielo se oscurece.

Después desaparece.

Quizá ahí reside el principal desafío para República Dominicana: convertir la prevención en una política permanente y no en una conversación estacional. Porque el verdadero examen de un sistema de gestión del riesgo no ocurre durante una rueda de prensa del COE ni cuando las cámaras enfocan una comunidad inundada.


Sucede meses antes, cuando nadie habla del próximo huracán y aun así se decide invertir en mapas de riesgo, reforzar escuelas, actualizar protocolos, educar a las comunidades y mejorar la coordinación entre instituciones.


La naturaleza seguirá haciendo su parte.

La diferencia estará en cuánto haya hecho el país antes de que vuelva a sonar la próxima alerta.