La demanda de atención psicológica y psiquiátrica ha aumentado en los últimos años, mientras especialistas advierten limitaciones en el acceso a servicios de salud mental en República Dominicana.
Una madre termina la cocina tarde en la noche. La casa está en silencio, pero la cabeza no. Quedan pagos pendientes, mensajes por responder, una compra que salió más cara de lo esperado y esa cuenta mental que muchas familias dominicanas hacen sin decirlo en voz alta: cuánto falta para la quincena y cuánto queda realmente.
En otra habitación, un adolescente lleva horas frente al teléfono. No grita. No rompe nada. Solo habla menos, duerme distinto, se aísla. En otro punto de la ciudad, un hombre vuelve del trabajo con la sensación de que debe resolverlo todo sin mostrar cansancio. Esa idea, repetida durante años como mandato cultural, también enferma.
La salud mental no aparece siempre como una crisis visible.
A veces empieza así.
Con insomnio, irritabilidad, silencio, discusiones de pareja, deudas que pesan más de lo que dicen los números y una tristeza que la familia intenta explicar como “estrés”, “cansancio” o “cosas de la vida”.
El problema ya tiene datos.
El Plan Estratégico de Salud Mental 2026-2030 del Ministerio de Salud Pública reconoce que la salud mental se volvió más visible tras la pandemia y que los trastornos mentales representan un reto para los sistemas de salud. El documento también señala una brecha de tratamiento que en América Latina y el Caribe supera, en promedio, el 60% o 70%, según OMS/OPS.
Pero la parte más cruda está en los registros nacionales.
En 2024, el Sistema Nacional de Vigilancia Epidemiológica reportó 65,088 episodios de trastornos mentales y de la conducta. De ellos, 27,423 correspondieron a crisis de ansiedad, 21,658 a crisis de depresión, 2,181 a intentos suicidas, 12,854 a alcoholismo y 972 a drogodependencia.
No son cifras lejanas.
Son hogares.
La ansiedad concentró más de 27 mil episodios registrados en 2024 y se convirtió en la condición de salud mental más frecuente reportada al sistema de vigilancia epidemiológica del país.
El país ansioso
La ansiedad aparece como el rostro más frecuente de esta crisis. El propio plan oficial indica que las crisis de ansiedad aumentaron de 33% de los trastornos reportados en 2021 a 43.7% en 2024. También señala que estos episodios se registraron con mayor frecuencia en mujeres y que alrededor del 60% se concentró en personas de 20 a 49 años.
Ese rango de edad no es un detalle técnico.
Ahí están muchas madres, padres, trabajadores, cuidadores, personas que pagan alquiler, sostienen hijos, cubren deudas, acompañan adultos mayores y cargan la economía diaria de la casa.
Gabriel Ozoria, psicólogo clínico y terapeuta de parejas, dice que el cambio se nota en consulta. Antes, explica, muchas familias acudían por problemas de conducta o aprendizaje. Ahora predominan ansiedad, depresión, conflictos de pareja y conductas desadaptadas.
Algo se movió dentro de la vida dominicana.
Y no fue pequeño.
Las crisis de ansiedad pasaron de representar el 33% de los trastornos mentales reportados oficialmente en 2021 a 43.7% en 2024, consolidándose como la condición más frecuente registrada por el sistema nacional de vigilancia epidemiológica.
El costo emocional de llegar a la quincena
Ozoria vincula una parte del deterioro emocional con la presión económica. “La falta de recursos económicos genera angustia, preocupación y estrés; por consiguiente se produce desequilibrio emocional”, afirma.
La frase parece sencilla.
Pero explica mucho.
El golpe del supermercado, el alquiler, la tarjeta, el préstamo, el colegio, la gasolina y los gastos médicos no se quedan en una libreta de cuentas. Entran al cuerpo. Alteran el sueño. Cambian el tono de voz. Tensan las relaciones. Hacen que una conversación de pareja termine convertida en reclamo.
El White Paper de IQVIA/CENCA sobre salud mental en República Dominicana también conecta la depresión con la inestabilidad económica, el desempleo, empleos estresantes y falta de redes de apoyo en pacientes con trastorno depresivo mayor.
Ozoria lo ve en la dinámica familiar: el estrés económico genera discusiones, exigencias, frustración, ansiedad y depresión.
La deuda no solo se paga con dinero.
A veces se paga con salud.
Adolescentes en alerta
La situación de los adolescentes exige una lectura cuidadosa. El Plan Estratégico de Salud Mental reporta que en 2024 hubo 2,181 casos de intento suicida, y que el 37.6% correspondió a adolescentes de 10 a 19 años.
Los adolescentes de 10 a 19 años concentraron el 37.6% de los intentos suicidas registrados oficialmente en República Dominicana durante 2024, según datos del Ministerio de Salud Pública.
Ese dato pesa.
Ozoria identifica a los adolescentes como uno de los grupos más vulnerables. Habla de exposición a factores que deterioran la salud mental y advierte sobre los efectos del uso intensivo de redes sociales y dispositivos digitales: adicción, hiperactividad, déficit de atención y retraso en el desarrollo de otras habilidades.
No todo cambio de ánimo es una enfermedad.
Pero algunos cambios no deben ignorarse.
Aislamiento, alteraciones bruscas del estado de ánimo, cambios de conducta, pérdida de interés o encierro prolongado pueden ser señales de que algo ocurre más allá de una “etapa difícil”.
Los adultos mayores también están solos
El especialista menciona otro grupo vulnerable que suele quedar fuera de la conversación pública: los envejecientes.
Ahí aparece el síndrome del nido vacío, la ausencia familiar, el aislamiento. En muchas casas dominicanas, el adulto mayor no necesariamente está abandonado de forma visible. Tiene techo, comida, medicinas básicas. Pero pasa días enteros sin conversación profunda, sin compañía real, sin sentirse necesario.
La soledad también enferma.
Y pocas veces se mide bien.
El silencio masculino
Las cifras de suicidio obligan a mirar a los hombres.
El plan del Ministerio recoge que en 2023 la ONE reportó 669 muertes por suicidio y que el 86.1% correspondió a hombres.
Más de ocho de cada diez suicidios registrados en República Dominicana durante 2023 correspondieron a hombres, una diferencia que especialistas vinculan con factores como depresión, presión social, estigma y dificultad para buscar ayuda emocional.
Ozoria considera que detrás de esa realidad influyen la depresión, la presión social y factores culturales. También confirma que los hombres dominicanos suelen tener más dificultad para expresar problemas emocionales o pedir ayuda profesional.
Durante generaciones, a muchos se les enseñó a resistir.
No a hablar.
Ese mandato tiene consecuencias.
Cuando un hombre siente que debe sostenerlo todo y no puede mostrar fragilidad, la angustia queda encerrada. Y una angustia encerrada durante demasiado tiempo puede convertirse en riesgo.
Un sistema que todavía no alcanza
El país no parte de cero. Ha desarrollado planes, unidades de intervención, programas y una transición progresiva hacia un modelo comunitario de salud mental. El Plan Estratégico describe la necesidad de fortalecer la red de servicios en todos los niveles, con promoción, prevención, atención, rehabilitación y reinserción.
Pero la brecha sigue ahí.
Ozoria señala poca designación de psicólogos y psiquiatras, escasa inclusión de psicólogos en la cartera de servicios de la seguridad social y pocos recursos económicos destinados a salud mental.
El White Paper de IQVIA/CENCA coincide en una parte clave: República Dominicana destina apenas 0.73% del gasto público de salud a salud mental, muy por debajo del 5% al 10% recomendado por la OMS, según el documento.
Ese número explica muchas esperas.
Muchas consultas que no llegan.
Muchos tratamientos que se abandonan.
El mismo informe recoge que los especialistas identifican falta de medicamentos, difícil acceso a la atención, escasez de recurso humano e infraestructura insuficiente como consecuencias de una inversión baja.
La vergüenza todavía pesa
El estigma sigue siendo una barrera concreta.
IQVIA/CENCA reporta que 42% de los médicos entrevistados considera que existe mucho estigma alrededor de las enfermedades mentales en el país.
Ozoria lo confirma desde la consulta: muchas personas temen que las llamen “locas”. Otras llegan cuando el problema ya está avanzado. Aunque observa una mayor disposición a buscar ayuda en los últimos años, el retraso sigue siendo frecuente.
La salud mental dominicana enfrenta, entonces, dos problemas al mismo tiempo.
El sufrimiento.
Y la vergüenza de nombrarlo.
Lo que una familia puede hacer
No todo depende del Estado, aunque el Estado tiene una responsabilidad enorme.
Ozoria recomienda actividades recreativas en familia, tiempo de calidad con los hijos, espacios de pareja, búsqueda temprana de ayuda y, para quienes lo practican, apoyo en recursos espirituales. También insiste en moderar el uso de redes sociales y promover valores dentro del hogar.
Su mensaje final apunta a vencer los obstáculos que impiden buscar ayuda.
Parece simple.
No lo es.
Pedir ayuda sigue siendo difícil cuando falta dinero, cuando no hay cobertura, cuando la consulta queda lejos, cuando la familia minimiza el dolor o cuando la persona cree que debe aguantar sola.
La salud mental dominicana ya no puede tratarse como un tema secundario.
Está en los datos oficiales, en los consultorios, en las escuelas, en los empleos, en los adultos mayores que se quedan solos, en los adolescentes atrapados entre pantallas y presión social, en hombres que no hablan de lo que sienten y en familias que intentan cuadrar cuentas mientras cargan ansiedad.
El país necesita más inversión, más profesionales, mejor cobertura, medicamentos accesibles, prevención comunitaria y menos estigma.
Pero también necesita una conversación más honesta dentro de la casa.
Porque antes de convertirse en expediente médico, muchas crisis emocionales pasan por la mesa familiar. Se sientan ahí, entre la cena, las cuentas y los silencios.
Y esperan que alguien pregunte a tiempo.
¿Qué te está pasando?




