A las siete de la noche, en un apartamento pequeño de Santo Domingo Este, una madre intenta hablar con su hijo de 13 años sobre las tareas del colegio.

Él apenas levanta la mirada.


Desliza el dedo sobre TikTok. Video tras video. Rostros. Música. Chistes rápidos. Noticias. Influencers. Más videos. Más ruido.


Ella insiste dos veces.

A la tercera, le quita el celular.

Entonces llega el estallido.


“No es una rabieta como antes”, cuenta la madre. “Es ansiedad, desesperación, enojo real. Como si uno le estuviera quitando algo vital”.


La escena ya no sorprende a psicólogos infantiles, orientadores escolares ni terapeutas familiares en República Dominicana. Lo que antes parecía un hábito pasajero se convirtió en parte estructural de la vida cotidiana: niños y adolescentes creciendo dentro de una hiperconexión permanente mientras los adultos intentan, muchas veces sin éxito, poner límites que ellos mismos tampoco logran sostener.


La crianza moderna dominicana entró en una nueva etapa de desgaste.

Y las pantallas están en el centro del problema.


Según la Oficina Nacional de Estadística (ONE), el acceso digital entre menores y adolescentes ha crecido de forma significativa. El informe de “Conectividad Significativa” basado en la ENHOGAR mostró que más de 281 mil personas entre 10 y 19 años ya se encontraban en el nivel más alto de conectividad digital analizado por el estudio.

Eso significa acceso frecuente a internet, dispositivos personales y uso constante de plataformas digitales.


Pero detrás del avance tecnológico también aparece otra realidad: familias emocionalmente agotadas.

En consultas psicológicas y escuelas privadas y públicas del país, especialistas describen patrones que hace una década eran mucho menos frecuentes: adolescentes con dificultades para dormir, irritabilidad cuando se restringen dispositivos, menor tolerancia al aburrimiento, problemas de concentración y ansiedad vinculada a redes sociales.


UNICEF advirtió en 2024 que “1 de cada 10 niños en el mundo enfrentará algún trastorno psicológico” y pidió priorizar la salud mental infantil y adolescente en República Dominicana.


La preocupación no es abstracta.


El Ministerio de Salud Pública reportó un aumento importante de crisis de ansiedad dentro de los trastornos mentales registrados recientemente en el país, mientras adolescentes y jóvenes aparecen cada vez más presentes en consultas vinculadas a salud emocional.

La Línea Familiar —un servicio de atención psicológica impulsado junto a UNICEF— atendió en 2024 más de 662 contactos de menores de 24 años, principalmente adolescentes que buscaban ayuda por ansiedad, depresión, autolesiones o ideación suicida.


En muchos hogares, el problema comienza de forma silenciosa.

Un celular para entretener al niño mientras los padres trabajan. Una tableta durante la comida para evitar discusiones. TikTok antes de dormir. Videojuegos para mantenerlos dentro de casa.

Luego aparecen los cambios.


“Hay padres que sienten que ya no pueden competir con la pantalla”, explica una orientadora escolar en Santiago. “El celular se volvió más estimulante que la conversación familiar”.

El impacto no afecta solamente a los hijos.


También está transformando emocionalmente a los padres.

Muchos describen una sensación constante de agotamiento mental: vigilar contenido, controlar horarios, supervisar redes sociales, revisar estados emocionales y enfrentar discusiones diarias alrededor del uso del teléfono.


La maternidad y la paternidad digital se volvieron una forma nueva de vigilancia permanente.

Y en una sociedad donde gran parte de los adultos ya vive bajo presión económica y laboral constante, esa carga adicional empieza a sentirse dentro del hogar.

“El problema no es solo cuánto usan el celular”, explica una psicóloga infantil consultada para este reportaje. “Es que muchos niños ya no saben desconectarse emocionalmente de internet”.

La adolescencia aparece como el momento más vulnerable.


TikTok, Instagram y otras plataformas funcionan hoy como espacios donde miles de jóvenes construyen autoestima, validación social e identidad personal.

Un comentario puede alterar el estado de ánimo de todo un día. Un video viral puede definir tendencias escolares. Un grupo de WhatsApp puede convertirse en espacio de exclusión o presión emocional.


UNICEF y diversos estudios internacionales han advertido sobre la relación entre uso excesivo de redes sociales y síntomas de ansiedad, depresión, aislamiento y baja autoestima en adolescentes.


En República Dominicana, especialistas creen que todavía existe poca conciencia pública sobre el impacto emocional de esa hiperconexión.

En muchos hogares, además, la tecnología terminó sustituyendo tiempo familiar.

Ya no es extraño encontrar cenas donde cada miembro de la familia mira una pantalla distinta. Padres revisando WhatsApp laboral. Hijos viendo TikTok. Televisores encendidos como ruido de fondo.


La convivencia existe físicamente, pero no siempre emocionalmente.


“Estamos más conectados que nunca y al mismo tiempo más aislados dentro de la casa”, resume una terapeuta familiar en Santo Domingo.

Las escuelas también sienten el cambio.

Docentes consultados afirman que mantener atención sostenida en aulas se volvió más difícil en estudiantes acostumbrados a contenido inmediato, rápido y fragmentado.

Algunos profesores describen adolescentes con dificultades para sostener lectura larga, concentración profunda o conversaciones sin revisar el teléfono constantemente.

Y mientras tanto, muchos padres viven atrapados en una contradicción silenciosa: intentan limitar el uso digital de sus hijos mientras ellos mismos permanecen conectados casi todo el día por trabajo, estrés o costumbre.


La tecnología ya no es simplemente una herramienta.

Es el ambiente donde está ocurriendo la infancia moderna.

Por eso especialistas insisten en que la discusión no debe centrarse únicamente en prohibiciones.


El verdadero desafío, explican, es reconstruir espacios humanos dentro de hogares cada vez más dominados por pantallas.

Tiempo para hablar. Comer sin dispositivos. Dormir sin notificaciones. Aprender a aburrirse otra vez.


Porque detrás del cansancio de muchos padres dominicanos hay una sensación difícil de admitir: la de estar criando hijos en un mundo digital que avanza más rápido que la capacidad emocional de las familias para adaptarse.