El emprendimiento que empieza en la mesa del comedor
A las 7:12 de la mañana, Julio Martínez ya había recibido tres llamadas antes de terminar el café. La primera era de un cliente esperando cambios en una plataforma digital. La segunda, del banco. La tercera, de un suplidor que llevaba dos semanas esperando un pago atrasado. Julio respondió sentado en la mesa del comedor de su apartamento en Santo Domingo, el mismo espacio donde hace años empezó a construir una empresa tecnológica que todavía intenta mantenerse a flote. Frente a él descansaba una carpeta azul, gastada en las esquinas, donde conserva formularios, copias de cédula, recibos, certificaciones y papeles acumulados durante el proceso de formalización de su negocio. “Yo pensé que lo difícil iba a ser conseguir clientes”, recuerda. “Nunca imaginé que el primer problema iba a ser lograr que el negocio existiera legalmente”.
La historia de Julio no es excepcional. Es, más bien, una puerta de entrada a una realidad mucho más amplia: la del dominicano que emprende porque quiere crecer, pero también porque necesita sobrevivir. En República Dominicana, las mipymes no son un sector marginal. La Encuesta Nacional de las Mipymes 2022-2023, presentada por el Banco Central y el Ministerio de Industria, Comercio y Mipymes, identificó 404,034 mipymes, responsables del 32 % del PIB nacional y de 3,052,449 empleos, equivalentes al 61.6 % de los ocupados del país. La DGII, en su Boletín Mipymes 2024, registró 275,950 empresas clasificadas como mipymes dentro del universo formal declarado, equivalentes al 98.5 % de las empresas inscritas que pudieron ser clasificadas.

Pero el tamaño económico del sector no cuenta toda la historia. Detrás de cada número hay negocios que funcionan desde una marquesina, una habitación adaptada, un pequeño local alquilado o una computadora colocada sobre la mesa familiar. La Oficina Nacional de Estadística encontró, en el módulo ENHOGAR 2022 sobre mipymes, que el 46.2 % de estos negocios operaba en un espacio compartido con la vivienda. Ese dato cambia la forma de mirar el emprendimiento: no se trata solo de empresas, sino de hogares donde la frontera entre trabajo, familia, deuda y descanso casi desaparece.
Formalizarse también cuesta
Hace cuatro años, Julio decidió formalizar su emprendimiento tecnológico. Imaginó que sería un trámite exigente, pero manejable. En cambio, terminó recorriendo oficinas, reuniendo documentos y enfrentando una cadena de requisitos que parecían no conversar entre sí. Una institución le pedía un documento que dependía de otra. El banco solicitaba papeles que todavía estaban en proceso. Cada paso implicaba tiempo, pagos, copias, desplazamientos y horas que no podía dedicar a vender, programar, cobrar o atender clientes. Al final, contrató a un gestor privado. “Llega un momento en que uno no paga por comodidad”, dice. “Paga porque siente que no puede seguir perdiendo tiempo”.
Esa sensación tiene respaldo en diagnósticos internacionales. El Banco Mundial y la Corporación Financiera Internacional, en el Diagnóstico del Sector Privado de República Dominicana, identificaron la complejidad normativa y la fragmentación institucional como uno de los grandes obstáculos para el crecimiento del sector privado dominicano. El informe también señala que, pese al crecimiento económico del país, más de la mitad de los empleos se encuentran en el sector informal, concentrados en actividades de baja productividad.
La informalidad, en ese contexto, no siempre es una decisión cómoda ni una evasión calculada. Muchas veces es el resultado de un sistema que exige papeles, tiempo, historial, garantías y estructura a personas que todavía están tratando de pagar el alquiler del local o completar la nómina de la semana. Para miles de pequeños negocios, formalizarse no es solo llenar formularios: es entrar a un mundo de obligaciones que puede superar su capacidad administrativa y financiera.

El crédito que llega caro, tarde o no llega
En Las Caobas, Santo Domingo Oeste, Rosa Hernández acomoda esmaltes de uñas mientras una planta eléctrica retumba detrás del salón. La energía acaba de irse otra vez. “Cuando se va la luz, aquí se para todo”, dice mientras intenta terminar un peinado antes de que el inversor vuelva a descargarse. Rosa abrió el negocio con dinero prestado por familiares. Ha crecido poco a poco, comprando una silla, luego otro espejo, después un secador más potente. Pero nunca ha logrado conseguir financiamiento formal en condiciones que pueda sostener sin miedo. “Siempre falta algo”, cuenta. “Que si necesitas más tiempo operando, más movimiento en la cuenta, más garantías”.
Los datos de la Superintendencia de Bancos muestran que el crédito a mipymes ha crecido, pero también revelan el costo de financiarse. A marzo de 2025, la cartera destinada a mipymes alcanzó RD$534,988 millones, con 557,287 créditos, un aumento interanual de 13.6 % en cantidad de créditos. Sin embargo, la tasa promedio ponderada para mipymes fue de 14.3 %, por encima del promedio de la cartera comercial privada, que se ubicó en 10.4 %, según la propia Superintendencia.
Para una gran empresa, una tasa puede ser una variable financiera. Para una microempresa, puede ser la diferencia entre comprar inventario o atrasarse con el alquiler. En negocios como el de Rosa, la contabilidad no se vive en hojas de cálculo sofisticadas, sino en decisiones domésticas: si se repara el inversor o se compra mercancía; si se paga primero al suplidor o se completa la renta; si se toma un préstamo informal para resolver una emergencia o se deja pasar una oportunidad de crecimiento por miedo a endeudarse.

El país que trabaja desde la casa
La imagen tradicional del emprendedor como alguien que abre una oficina, contrata personal y escala rápidamente no alcanza para explicar la realidad dominicana. Una parte importante del emprendimiento nacional ocurre dentro de la vivienda o pegado a ella: salones en galerías, colmados en marquesinas, talleres en patios, cocinas que producen por encargo, tiendas digitales manejadas desde una habitación, servicios profesionales ofrecidos desde una computadora familiar. La ONE muestra que más de la mitad de los negocios donde solo trabaja el propietario funcionan en espacios compartidos con la vivienda, lo que confirma que buena parte del emprendimiento dominicano nace sin separación clara entre hogar y empresa.
Esa cercanía tiene ventajas, pero también un costo emocional. Cuando el negocio está dentro de la casa, el fracaso no se queda en la oficina. Entra a la sala, llega a la mesa, interrumpe el descanso y condiciona las conversaciones familiares. Si no hubo ventas, se siente en la cena. Si un cliente no pagó, se atrasa una compra del hogar. Si se daña un equipo, el problema no es solo operativo: puede convertirse en una discusión familiar sobre prioridades, sacrificios y deudas.
Por eso, hablar de mipymes no debe limitarse al lenguaje de productividad, formalización o competitividad. También hay que hablar de cansancio, incertidumbre y presión doméstica. En muchos hogares, el emprendimiento no es una aventura individual, sino una estrategia familiar de supervivencia donde todos terminan participando: quien atiende clientes, quien ayuda a empacar, quien presta dinero, quien cuida niños para que otro pueda trabajar, quien acepta que la casa también sea negocio.
Mujeres que emprenden con menos margen
Para las mujeres, el emprendimiento suele tener una carga adicional. Rosa no habla de “brechas de género” en términos técnicos, pero conoce sus efectos. Nunca ha tenido propiedades a su nombre. Su historial bancario es limitado. Su principal garantía ha sido trabajar jornadas largas y mantener abierto un negocio que depende de su presencia diaria. “Cuando una mujer empieza sola, la gente duda más”, dice.
La DGII reconoce en su Boletín Mipymes 2024 que la Estrategia Nacional de Desarrollo contempla líneas de acción vinculadas al fomento de la cultura emprendedora y a la inserción de la mujer en sectores no tradicionales. Esa mención institucional importa porque muestra que el emprendimiento femenino no puede analizarse solo como esfuerzo personal; también depende de acceso a crédito, propiedad, capacitación, redes comerciales, tiempo disponible y condiciones familiares.
En la vida cotidiana, esas brechas suelen aparecer de manera menos visible: mujeres que emprenden después de cuidar hijos, que mezclan negocio y labores domésticas, que reinvierten ganancias pequeñas sin poder pagarse un salario fijo, o que enfrentan mayor dificultad para ofrecer garantías reales ante una entidad financiera. El resultado es una forma de emprendimiento profundamente resistente, pero muchas veces frágil, sostenida por disciplina personal más que por condiciones estructurales favorables.
La economía del desgaste
En los discursos públicos, emprender suele presentarse como una ruta hacia la independencia. En la práctica, para muchos pequeños negocios dominicanos, emprender significa vivir con una preocupación permanente por el flujo de caja. No basta vender; hay que cobrar. No basta cobrar; hay que pagar suplidores. No basta pagar suplidores; hay que reponer inventario, cubrir servicios, cumplir obligaciones fiscales, sostener la casa y guardar algo para la próxima emergencia. Cuando todo eso ocurre al mismo tiempo, el negocio deja de ser únicamente una fuente de ingresos y se convierte en una carga mental continua.
El contexto macroeconómico agrega otra capa. Aunque las cifras oficiales pueden mostrar estabilidad relativa, los pequeños negocios sienten los aumentos de costos de manera inmediata: productos más caros, transporte más costoso, alquileres que suben, clientes que reducen consumo y suplidores que exigen pagos más rápidos. Para una empresa grande, esos cambios pueden absorberse con reservas, crédito o poder de negociación. Para una microempresa, cada variación puede romper el equilibrio del mes.
Ahí está uno de los grandes contrastes del emprendimiento dominicano: el país celebra a las mipymes como motor económico, pero muchas de ellas funcionan con márgenes tan estrechos que cualquier imprevisto puede ponerlas en riesgo. La Superintendencia de Bancos reporta que la morosidad de la cartera mipyme se situó en 1.79 % a marzo de 2025, todavía baja en términos históricos, pero con incremento interanual. Ese dato, leído desde la vida diaria, recuerda que detrás de cada atraso puede haber un negocio que vendió menos, un cliente que no pagó o una familia que tuvo que elegir entre la cuota y otra urgencia.
El emprendimiento no necesita romanticismo, necesita condiciones
Durante años, el emprendimiento en República Dominicana ha sido contado como una historia de valentía, innovación y superación. Esa mirada no es falsa, pero sí incompleta. Julio y Rosa son emprendedores, sí, pero también son trabajadores bajo presión, administradores improvisados, cobradores de sus propias facturas, gestores de trámites, responsables de hogares y personas que viven con el temor permanente de que un mal mes desordene todo.
El Banco Mundial y la IFC plantean que República Dominicana necesita mejorar el entorno empresarial, reducir barreras institucionales, fortalecer competencias, atender problemas de electricidad y elevar la productividad para que el sector privado crezca de forma más inclusiva. En otras palabras: el país no puede seguir descansando en la resistencia individual de sus pequeños negocios sin construir mejores condiciones para que puedan formalizarse, financiarse, digitalizarse y crecer sin agotarse en el camino.
La pregunta central no es si los dominicanos quieren emprender. La evidencia cotidiana muestra que sí. La pregunta es cuántos pueden hacerlo sin sacrificar salud, descanso, estabilidad familiar y futuro financiero. Porque detrás de cada colmado, salón, taller, cocina, tienda digital o pequeña empresa tecnológica no solo hay una idea de negocio. Hay una familia esperando que el dinero alcance. Hay cuentas por pagar. Hay hijos, padres, parejas, deudas, sueños y miedo.
Julio vuelve a mirar la carpeta azul sobre la mesa. Todavía conserva todos los papeles del proceso que casi lo hizo abandonar. “No era miedo a fracasar”, dice después de unos segundos. “Era agotamiento”. Afuera comienza a sonar el tránsito de la mañana. El teléfono vuelve a encenderse. Julio cierra la carpeta y se levanta otra vez para seguir trabajando. “Pero uno sigue”.
En esa frase cabe buena parte del emprendimiento dominicano: no la épica perfecta de quien avanza sin cansarse, sino la resistencia diaria de quienes abren el negocio aun cuando el mes viene difícil, contestan llamadas antes del café, aplazan gastos personales para pagar suplidores y convierten la casa en oficina porque no hay otra manera de empezar. Emprender, para miles de dominicanos, no es únicamente buscar éxito. Es resistir lo suficiente para poder volver a abrir mañana.


